ROMA (AP) — Hay
cerdos buscando entre la basura que se acumula en un barrio trabajador.
Los autobuses de la ciudad improvisan las rutas en calles atascadas con
coches aparcados en triple fila. En los días de lluvia, los anegados
sumideros hacen de cruzar la calle una tarea hercúlea.
Ignazio
Marino prometió el año pasado llevar orden al caos de Roma cuando fue
elegido alcalde por una enorme mayoría. Pero sus detractores señalan que
el cirujano especializado en trasplantes de hígado ha sido una
enfermedad, más que una cura, y le presionan para que dimita.
El
mayor desafío al que se enfrentó Marino al asumir el cargo fue abordar
la famosa congestión de tráfico romana. ¿Su principal estrategia?
Prohibir los coches en el bulevar que rodea el foro de Roma para que los
turistas paseen de forma más agradable, atascando aún más el centro de
la ciudad. La prohibición enfureció a residentes y comerciantes, que
vieron sus calles convertidas en cuellos de botella para el tráfico
desviado.
Entonces Marino subió el precio de los parquímetros, una
decisión impopular entre los romanos que han abandonado en masa el
sistema de transportes público, que sufre frecuentes huelgas. Pero lo
que de verdad envenenó los ánimos fue que tras aplicar su gran idea
sobre los precios del aparcamiento, el propio Marino fue atrapado varias
veces violando las normas de tráfico con su Fiat Panda rojo, y dejó que
las multas se acumularan impagadas.
Los romanos de a pie sólo
pueden conducir por el centro histórico con un permiso anual que cuesta
cientos de euros. Marino condujo este verano su Fiat hasta el centro de
Roma después de que su permiso caducase. Las multas, ocho en total, se
acumularon, mientras Marino culpaba a asistentes descuidados de no
renovar su permiso. El descontento sólo creció cuando un programa
nacional de televisión grabó al Panda estacionado en una zona donde no
estaba permitido cerca del Senado.
Incluso los miembros del
Partido Democrático al que pertenece Marino han empezado a expresar su
rechazo, temiendo que pueda dañar la imagen del primer ministro, Matteo
Renzi, que lidera el partido. La oficina de Marino rechazó peticiones de
entrevistas para esta historia.
"¡Dimita, dimita!", exclamaban
hace poco los residentes cuando Marino intervino en una vista municipal
sobre el escándalo del Panda.
Luchando por hacerse oír, Marino
adoptó una pose desafiante, rechazó la "morbosa fijación con mi coche" y
prometió que en lugar de dimitir, seguiría adelante para curar la
ciudad tras "años de negligencia".
Marino reveló durante la
ruidosa audiencia que al final pagó las multas, mostrando recibos de más
de 1.000 euros (1.250 dólares) para demostrarlo. Pero al continuar los
gritos del público, pasó a una actitud más arrepentida, disculpándose
con los romanos y pidiéndoles: "Espero que dejen de pedir mi dimisión".
La
gente no parece estar de ánimo conciliador. Un sondeo de opinión reveló
que sólo el 20 por ciento de los romanos apoya a Marino. Y lo que quizá
sea más bochornoso: quien encargó el sondeo fue el jefe del Partido
Democrático local, que después publicó lo que se suponía eran datos para
uso interno.
Para
desesperación del alcalde, el caso del Panda ha hecho sombra a algunos
avances reales. Este otoño inauguró varias estaciones de un proyecto de
construcción de metro que llevaban años de retraso. También cerró un
vertedero que los vecinos, preocupados por su salud, querían cerrar
desde hacía tiempo. El vertedero pertenece a un empresario local con
importantes conexiones políticas.


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